Don Julio, el vallisto que le da vida a la madera con su técnica artesanal
De profesión, "carpintero rústico", Julio Atencio, oriundo de Valle Fértil, decidió dedicarse de lleno a una actividad llena de mística cuando se quedó sin trabajo en 2014. Desde entonces, recoge troncos y madera que cumplió su ciclo, en los campos o lo que trae el río, para darle una nueva vida con herramientas artesanales y una técnica simple, pero que requiere mucha experiencia y dedicación.
"Mi abuelo era carpintero rústico, hacía todo tipo de muebles, hasta féretros, ruedas de carros, puertas para los corrales y las casas, sillas y mesas", dijo Julio a Diario La Provincia SJ y agregó: "De ahí tengo mi sabiduría en esto; creo que la he recibido de los genes de él. Tengo muy buenos recuerdos de él."
El solo hecho de verlo trabajar bastó para enamorarse de la actividad, que hoy es el sustento de su hogar. "Después, todo lo fui aprendiendo solo, me fui perfeccionando", expresó.
Mucho de aquello aún conserva en sus producciones; sin embargo, los tiempos cambian. "Hago cosas de aquella época, bateas, cuencos, pero he incorporado las bandejas de otra forma, las tablas de picada, modernizando, pero manteniendo el trabajo a mano", manifestó.
Se definió a sí mismo como el "hombre de los mil oficios y las diez mil necesidades", desempeñándose como chofer de ambulancia y conductor de camiones. "Trabajé en bodegas, soy medio oficial champagnero y oficial albañil por mi trabajo en algunas empresas y por mi cuenta", contó Atencio.
Antes de dedicarse de lleno a la actividad a la que le dedica muchas horas al día en su domicilio de Rivadavia, mientras hacía otras cosas, mantuvo una relación con sus raíces. "Siempre lo he hecho como hobby, cuando tenía tiempo, y lo hacía para regalar. Me ahorraba un mango con la madera", reveló.
"Empecé a hacer quinchos, parrilleros artesanales e incurrí con las maderas. Por medio del mercado artesanal, me consiguieron un permiso para extraer, en estado muerto, maderas de cualquier departamento para trabajar en mi casa en la capital", explicó el entrevistado.
Años dedicados a la carpintería rústica han perfeccionado su ojo clínico para saber dónde ir a buscar y qué madera elegir. "Conozco muchos lugares y puestos, tengo la posibilidad de entrar a los campos privados y en lugares públicos, hasta 500 kilos por viaje y autorización para transportar una motosierra".
Al respecto, agregó: "Yo corto y el tronco me tira la idea para ver qué puedo sacarle. Las bateas y tablas las curo con aceite usado de las papas fritas; lo humecta, al ser tan dura y seca de tantos años. Trabajo con toda la madera autóctona, el quebracho, el durmiente, algarrobo, chañar, garabato, jarilla, cardones, mistol, todo lo que se encuentre en estado útil, hasta con un palito podes hacer alguna pieza.
En cuanto a sus producciones, están centradas en la utilidad, en lo práctico. "La gente piensa que tallo rostros, que hago tallados decorativos solamente. Lo mío son las mesas, barras, desayunadores, lámparas de techo, de pie, veladores, mientras la madera me dé".
Su especialidad son las mesadas con durmientes, cortados por la mitad, que ensamblo en cuatro partes. Una tarea realmente dificultosa.
Se trata de piezas que tienen un valor elevado, debido a los costos y la logística que requiere buscar en el monte o en la ribera el material con algún animal, llevarlo hasta un puesto y luego trasladarlo al taller en Rivadavia. Además, el tiempo de trabajo puede llegar, en algunos casos, hasta 70 horas. "Lo que más uso es la hacha y no mucho más", es por eso que mucho de sus compradores son se otras provincias.
También dio talleres donde enseñó lo que sabe. "A mis alumnos siempre les he dicho de forma directa: si ustedes no aman la madera, están perdiendo el tiempo, úsenla en alguna cosa útil", agregó.
Respecto a la actividad, dijo: "Me puse a trabajar en lo que me gusta, lo disfruto y espero que algún día aparezca alguno como yo que le guste hacer esto, que lo siga haciendo, se está perdiendo todo".
Con información de La Provincia SJ