Originario de La Majadita, un pintoresco rincón del valle, José recuerda con nostalgia sus primeras participaciones en el festival. "Cuando empecé, no había tanta organización, éramos unos pocos amigos que nos unimos porque nos apasionaba la carne a la parrilla", dice, su voz cargada de historia y camaradería. A lo largo del tiempo, el evento ha crecido, y con él también su compromiso y dedicación: "Soy el más viejo de todos, tanto por edad como en esta tarea", bromea, mientras se le ilumina el rostro al recordar anécdotas de viejos tiempos.

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A sus 69 años, José muestra una energía inusual, trabajando al lado de una nueva generación de asadores. Desde la madrugada, antes de que el sol asome, él ya está erguido en el Predio Social, Cultural y Deportivo "Oscar Luis". A las cuatro de la mañana, llega con su delantal y una chispa de entusiasmo en los ojos, listo para dar inicio a la maratónica tarea de cocinar más de cien chivitos, cada uno representando no solo un plato, sino una tradición profundamente arraigada en la identidad local.

El proceso de asado es casi un ritual para José y su equipo. Con una combinación de destreza y amor por la gastronomía, explica: "Es un proceso que hacemos con mucha paciencia, cuidando las brasas para no quemarlos." Este cuidado meticuloso es esencial: no se trata solo de cocinar, sino de asegurar que cada chivo sea un deleite para quienes lo probarán. La cultura del asado en su comunidad trasciende lo culinario; es un acto social donde la unidad y la amistad se forjan en torno al calor del fuego.

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Sin embargo, este año es diferente. Al enfrentar su jubilación de una labor que ha definido gran parte de su identidad, se siente abrumado por la emoción. "Este es mi último año haciendo los chivos. Me retiro porque ya estoy viejo", admite, mientras una lágrima furtiva asoma en su ojo. La nostalgia se mezcla con el orgullo al recordar el impacto que ha tenido en el festival y en la comunidad. Su legado no se mide solo en fragmentos de carne dorada, sino en las risas y los abrazos compartidos alrededor de la parrilla, en las historias que se cuentan y en las tradiciones que persisten.

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Aun así, José mantiene una visión optimista del futuro. "Alguien se hará cargo, siempre hay jóvenes dispuestos. Veo en ellos mucha unión y cómo se ayudan entre sí, y eso me da felicidad para irme en paz", reflexiona. Le llena de esperanza ver que el amor por el asado ha sido transmitido a las nuevas generaciones, quienes parecen estar listas para asumir la responsabilidad de mantener viva esta costumbre.

En sus últimos días de asador, José espera que su dedicación no sea olvidada. "Deseo que, en los años venideros, mi esfuerzo y compromiso sean recordados por los jóvenes que continúen esta tradición esencial para la identidad de Valle Fértil y su comunidad", concluye con un brillo de orgullo en sus ojos. Su historia es un recordatorio de cómo las tradiciones, alimentadas por el amor y el compromiso de aquellos que las viven, pueden perdurar y evolucionar, dejando un legado que trasciende el tiempo y la distancia.

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