
AGUA QUE CAE, FUTURO QUE NO LLEGA

Hay movimientos políticos que no nacen de una idea, ni de un proyecto, ni siquiera de una discusión ideológica honesta. Nacen del miedo.
Y cuando el miedo gobierna, la política deja de ser una herramienta de transformación para convertirse en un mecanismo de defensa personal.
En el San Juan de hoy —y con especial crudeza en Valle Fértil— ese reflejo tiene nombre y apellido: Omar Ortiz.
El diputado que durante años se envolvió en las banderas del peronismo hoy las pliega con cuidado y las guarda en un cajón. No porque haya descubierto una traición doctrinaria, ni porque el PJ haya abandonado a los trabajadores o al interior profundo. Nada de eso. Ortiz se corre porque ya no le conviene quedarse. Porque cuando el poder deja de proteger, se vuelve incómodo.
El monobloque que armó no es un gesto de autonomía política. Es una señal de negociación en estado puro: “yo tengo algo que a vos te sirve”. Un voto, un silencio, una mano levantada en el momento justo. A cambio, lo de siempre: protección. Judicial, política, histórica.
La pregunta incómoda no es qué busca Ortiz —eso es evidente— sino ¿qué está dispuesto a conceder el poder de turno?.
¿Vale una ficha legislativa el costo de abrazar al dirigente más cuestionado de la historia reciente de Valle Fértil?
¿Alcanza un voto para cargar con ese lastre?
San Juan ya vio esta película. Y sabe cómo termina.
Pero este fenómeno no ocurre en el vacío. Ocurre en un territorio estancado hace décadas, donde se repiten los mismos modelos, los mismos apellidos, las mismas promesas recicladas. Valle Fértil no discute desarrollo porque nunca se animó a planificarlo en serio. No hay políticas estructurales, no hay horizonte productivo, no hay una idea de futuro que vaya más allá de administrar la urgencia.
El Safari Tras Las Sierras es el ejemplo más claro de esa lógica.
Una polémica que se repite año tras año, casi como un ritual. Se discute, se promete ordenar, se anuncian controles, y luego se vuelve a hacer lo mismo: parches. Nunca una política de fondo. Nunca una planificación seria que integre ambiente, turismo, infraestructura y comunidad. El evento sobrevive no porque esté bien pensado, sino porque el sistema político aprendió a arreglarlo para salir del paso.
Así funciona Valle Fértil desde hace demasiado tiempo: no se resuelven los problemas, se los estira. No se construyen soluciones, se administra el conflicto.
Las lluvias, cuando llegan, lo exponen todo.
Calles rotas que se vuelven intransitables.
Desagües inexistentes o colapsados.
Basura acumulada, mugre naturalizada, abandono normalizado.
Cada tormenta es una auditoría a cielo abierto. Un recordatorio brutal de lo que no se hizo.
Y sin embargo, esas mismas lluvias traen alivio. Calman la tierra seca, dan respiro frente a la crisis hídrica, devuelven por un instante la esperanza. Esa contradicción define al Valle Fértil de hoy: dependemos del cielo porque falló la política.
Mientras tanto, la política sanjuanina tiene memoria. No absuelve el oportunismo.
Alfredo Avelín pasó de la épica moral a la soledad política cuando la coherencia dejó de sostenerse con gestión.
José Luis Gioja convivió con dirigentes que se arrimaron mientras el viento soplaba a favor y desaparecieron cuando el ciclo empezó a cerrarse.
Sergio Uñac conoció en carne propia el desfile de lealtades plásticas: todos cerca cuando había poder real, pocos cuando el tablero se reordenó.
Ortiz camina ese sendero. Y la provincia lo reconoce.
No rompe con el PJ por razones ideológicas. Rompe porque el peronismo ya no le sirve de escudo. Las banderas históricas —lealtad, organización, comunidad— se vuelven utilería cuando dejan de garantizar cobertura.
Del otro lado aparece Mario Riveros, un intendente que ya no gobierna: resiste.
Ya no discute futuro, discute sobrevida.
Menos del 20% de respaldo real no es un problema de comunicación: es una sentencia política.
Y mientras todo esto ocurre, el Concejo Deliberante cumple su rol más cómodo: mirar para otro lado. Oficialistas que justifican lo injustificable. Opositores que denuncian sin construir. Mucho ruido, poca responsabilidad.
Navidad habla de nacimiento. Año Nuevo, de oportunidad. Reyes, de regalos y deseos.
La pregunta es inevitable: ¿este es el regalo que pedimos como sociedad?
Y no, no me refiero a la lluvia.
Valle Fértil debe decidir si sigue esperando milagros del cielo o empieza, de una vez por todas, a exigir responsabilidad en la tierra.
Si recicla nombres gastados o rompe con la lógica de la supervivencia política.
Si acepta seguir parchando o se anima, al fin, a planificar su futuro.
LAUTARO COSTA


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