En el peronismo empezó a tallar fuerte la danza de los traidores

Palabra delicada y sensible, en el partido de la lealtad. Historia provincial pesada, parece reverdecer. Los protagonistas cruzados y las trifulcas internas que inspiraron la caza de los infieles. Crónica de una escalada áspera.
Opinión20/06/2026 Sebastián Saharrea

Se vienen disparando las ansiedades en forma proporcional a cómo perciben en el PJ el aroma de un posible regreso. Los envalentonó el triunfo de Cristian Andino en la última elección, arreciaron los codazos de posicionamiento, manos levantadas para reclamar participación en el resultado. Surgieron las tribus bien delimitadas, jugadas de riesgo para aparecer en la foto. Hasta acá todo lícito, hasta que alguien pronunció la palabra sagrada: traición.

Lo hizo hace unos días Rogelio Mallea, un dirigente todoterreno, posiblemente escuchando alguna sugerencia al oído. Después de un largo corolario que incluyó una parábola de dirigentes envueltos en hitos hasta acá inexpugnables. Nadie hasta ahora como el rawsino Carlos Munisaga había llegado a disparar dardos certeros hacia Uñac desde las vísceras mismas del uñaquismo. Nadie hasta acá había siquiera amagado con hablar de traición desde aquellas noches de furia noventista cuando Jorge Escobar usó el término como estilete para castigar a quienes lo habían desplazado desde el campo propio.

Esta historia que ahora cuaja viene de varios años atrás. Y arrastra capítulos que vale la pena contar para comprender mejor el punto caramelo en el que ahora se encuentra.

A la salida misma de la derrota peronista del 23 y con su liderazgo flotando en el aire frente a los infortunios y los errores que lo obligaron a entregar el testimonio, Sergio Uñac consiguió mantener el timón del espacio con mano firme. Tanto dentro del partido, manejando algunos látigos sensibles a los intendentes como el Tribunal de Cuentas, organismo constitucional derivado en instrumento de precisión para infundir respeto político. Como fuera de él, cristalizando un ascendiente que germinó por no encontrar demasiada oposición.

Carlos Munisaga fue uno de esos intendentes consagrados al rescoldo de Uñac. Fue además un funcionario sensible del equipo, secretario de Seguridad nada menos. Con todo lo que eso conlleva. Desde que llegó al ejecutivo de Rawson, Munisaga siempre fue muy cuidadoso con su buque nodriza. Más por temor que por afecto o ascendencia política, pero hizo siempre la venia. Designó dirigentes afines, respetó espacios, no levantó la voz.

¡Alerta! En el peronismo empezó a tallar fuerte la danza de los traidores

Lo morigeraban cierto respeto a posibles carpetazos en su contra desde sus tiempos en Seguridad con base en algún hipotético poder de fuego de Uñac en tribunales, alguna duda sobre la pertenencia de los concejales, y ese aquel citado estilete del Tribunal de Cuentas encabezado por Pablo García Nieto, a quien denunció el ex uñaquista intendente de Capital y hoy cordobesista Emilio Baistrocchi como fuente de todos sus males.

También lo contenía la figura de Mauricio Ibarra, un ex consejero íntimo de Uñac que incluso compitió y perdió con Munisaga en Rawson dentro de la misma escudería, luego se convirtió en fiel ladero del nuevo intendente y finalmente protagonizó una sonora ruptura con el ex gobernador.

La política hizo el resto. Sergio afirmó el puño sobre la conducción del espacio, aseguró al presidente del partido Quiroga Moyano, consagró la candidatura de Andino y se lanzó al espacio nacional con un ojo puesto en san Juan. El resto, a comerla.

Gioja, el viejo rival de siempre, reducido a participaciones testimoniales y obligado a seguir el paso. Y los emergentes, destinados a esperar turno con la ñata contra el vidrio.

Así puede comprenderse que haya emergido un eje dentro del partido de los que se consideran piezas de recambio con aspiraciones legítimas, pero desplazados –a su criterio forzosamente- de las decisiones de la actualidad. Justamente Carlos Munisaga junto a Fabián Gramajo, conductores políticos de los dos departamentos con mayor peso en el firmamento peronista, Rawson y Chimbas. El chimbero, de histórico recorrido zigzagueante pero reverdeciendo laureles y aparentemente dejando atrás el diferendo conyugal con su esposa intendenta, Daniela Rodríguez, luego de haber cambiado figuritas.

El rawsino y el chimbero no sólo se desmarcaron de Uñac sino que anunciaron la creación de un grupo que, dijeron, tendrá su propio candidato a gobernador. Desafío flagrante a Uñac, con evidente destino de ser disciplinado: qué es eso de tomar decisiones sin consultar.

No solo eso, sino que respaldaron ambos en Diputados –sus legisladores, se entiende- el pedido de Orrego para endeudarse con obra pública, contrariando una supuesta orden partidaria que nunca fue pública, sencillamente porque no hay quien la emita. ¿Debería ser Quiroga Moyano, diputado también pero a quien poco se lo escucha?

Allí es donde irrumpió la voz de Mallea pronunciando la palabra sagrada. No sólo dijo traición, sino que reclamó a los diputados infieles que devuelvan el cargo. Viejo axioma bloquista consagrado en la historia de los 80, cuando don Leopoldo se lo exigió y concretó con el fallo de una Corte adicta a dos diputadas que habían osado contrariar una orden partidaria.

Traidores, les dijo, a Munisaga, Gramajo y compañía (Cabello), y encendió la hoguera. Porque ellos deducen con amplia bibliografía en mano que Mallea no habla solo. Lo sabe más que nadie su amigo Ibarra. Con quien comparte el infortunio de haber quedado en la banquina peronista en los tiempos de Gioja y de haber resucitado a los primeros planos de la asesoría profesional con Sergio Uñac.

Vínculo que puede haber quedado afectado por los últimos pasos de Munisaga-Ibarra, como el despido de algunos allegados de Uñac y Mallea a fines del año pasado, como relató Diario de Cuyo en su edición del 1 de octubre del año pasado.

Desde esos tiempos, Mallea sigue integrando una mesa de consejería política de Uñac junto a algún consultor de renombre, ex funcionarios (dos de ellos, de catastróficos resultados departamentales en el 23) y la joya electoral para el próximo turno. Era obvio entonces que tuvieran elementos para interpretar que Mallea no habla solo, que no se trató de un posteo al azar de un dirigente aislado, líder apenas de una junta departamental como la de Concepción. Pese a las condiciones de ductilidad para la trinchera que siempre mostró el protagonista, Mallea, desde los tiempos que operaba el nada fácil bloque peronista en los tiempos de Escobar.

Y justamente citando el diccionario y su parábola de Escobar, que hizo una bandera de la traición. La convirtió en su motor principal el día que -efectivamente- fue traicionado por sus compañeros peronistas que lo miraban como sapo de otro pozo y lo destituyeron en 1992. Lo que llevó al mandatario depuesto a formar otro partido, el Frente de Esperanza, y a masacrar al oficialismo peronista de Rojas en todas las elecciones posteriores, hasta su regreso al gobierno.

A bordo de la traición, que quedó consagrado en San Juan desde entonces como un movilizador por excelencia en un partido como el peronismo, que tiene a su fecha emblemática designada como día de la lealtad cada 17 de octubre. Como se comprende, lo opuesto a la traición.

A aquellas filas de aureola romántica reportaba un joven lugarteniente como Mallea, manejando no sólo una bancada áspera sino buena dosis de la divulgación, en medio de la clandestinidad a la que lo había recluido el poder de Rojas mostrando los dedos en V. De la que solo salió a fuerza de votos.

Por eso todos y todas, adentro y afuera, detectaron que podía haber algo más que un posteo inocente de Mallea en eso de llamar traidores y reclamar la devolución del cargo a los legisladores infieles. Y le salió al cruce el mismísimo Munisaga, sin mandar esta vez a nadie y rompiendo ese miedo paralizante que padecía en los movimientos partidarios.

No nombró a Uñac, pero no hizo falta. En la silla de entrevistados de GS Media, disparó: si son traidores los que apoyaron un proyecto impulsado por Orrego con el que coinciden, también deberían serlo los que votan proyectos enviado por Milei. Y citó la designación de jueces enviada por el presidente para galvanizar la presencia de Carlos Mahiques, el papá del ministro Juan Bautista, en la Cámara de Casación. Que contó con varias manos peronistas arriba entre ellas la del ex gobernador sanjuanino, entretenido al máximo en los asuntos judiciales que pasan por el Senado. Piedra libre.

La potente respuesta del eje Munisaga-Gramajo incluyó otros capítulos y desató a sommeliers de traiciones a diestra y siniestra. Señalando con el dedo presuntos traidores en el campamento de los que lanzaron la primera piedra. A lo que sectores del uñaquismo prefirieron señalarlo como operaciones mediáticas, en lugar de lógicas reacciones políticas. Incluso rentadas, romanticismo tal vez de otros tiempos, años atrás, de uso generalizado de termosellados para controlar el debate público.

Probablemente no esperaban el redoble de Munisaga, y menos que fuera a cara lavada y sin margen para la duda. También, que fuera tan visible el cambio de status, el de un intendente alineado aunque en silencio a un dirigente en carrera madurando rápido para no que lo duerman.

Una vez que superó la sorpresa, en el campamento uñaquista analizaron alternativas. Lo primero que hicieron fue mandar a sus emisarios periodísticos a imprimir que el arrebato de Munisaga y Gramajo no es un disparo letal, sino que siempre levantan la voz y después se comen los mocos y se van al mazo. Puede que tengan razón, especialmente con Gramajo, a quien ya vieron ir y venir. También con Munisaga, a quien ya vieron subir el tono y volver de capa caída y a quien creen controlar más allá de cualquier arrebato. Se recuerda el caso expropiaciones de la Superiora, donde el jefe comunal tuvo la chance de disparar al corazón porque estaba envuelto un empresario íntimamente ligado a Uñac, pero nunca subió a ese nivel.

También es cierto que las cosas cambian, el tiempo pasa, y a veces te sepulta la mordida de un pekinés.

Por la misma vía de sus operadores periodísticos les hicieron saber a los infieles que otra herramienta de disciplinamiento que aún no usaron en este caso puede ser el citado Tribunal de Cuentas colonizado por el espacio, no sólo por García Nieto sino por el estratégico ex secretario general Juan Flores. Y a interpretar que en realidad lo que Munisaga y Gramajo buscan no es protagonizar en el 2027 sino sacar número para el 2031.

Difícil razonamiento. Pierde de vista que acá suele pasar seguido que se sienta uno, y el próximo turno puede ser en la década siguiente.

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